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2 de Abril: Vivir para contarlo



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Hambre, frío y muerte. Héctor Castellanos, ex combatiente nacido y criado en Campana, recuerda su historia en Malvinas.


28 horas a la deriva

El hundimiento del ARA General Belgrano se produjo el domingo 2 de mayo de 1982, a las 4 de la tarde, a consecuencia del ataque del submarino nuclear británico HMS Conqueror. El ataque causó la muerte de 323 argentinos, prácticamente la mitad de las bajas argentinas en todo el conflicto.

Soldado clase 62, el campanense Raúl Omar Pérez, fue convocado a la Marina el 2 de abril de 1981. A sólo 2 meses de su baja, estaba en guerra, aunque el General Belgrano se hizo a la mar varios días después por desperfectos mecánicos. Nunca entró en batalla.

Raúl era telefonista en las calderas, en lo más bajo del buque, y su rol era repetir las órdenes que pasaban desde puente de mando. "Por suerte –relata- los torpedos me agarraron de guardia, otros estaban durmiendo, por ejemplo. Con el primer torpedo escuchamos un estallido tremendo y nos hizo levantar del suelo como un metro. El segundo igual".

Gracias a los continuos simulacros, Raúl supo perfectamente cómo llegar a la cubierta, hasta su balsa. "Estaba nubladísimo. A pesar de que eran las 4 de la tarde, casi era de noche. Hacía un frío tremendo, había mucho viento y olas de hasta 7 metros. Esperamos unos 40 minutos, hasta que finalmente llegó la orden de abandonar el barco. En nuestra balsa éramos 18 y logramos rescatar a 2 más del agua. Yo estaba descompuesto. En navegación normal, por ahí pasaba hasta 3 días sin comer. Imagináte en una balsita y con olas de 7 metros. Hubo balsas que literalmente se dieron vuelta, y otras donde eran pocos, se murieron del frío, literalmente".

Fueron 28 horas las que pasaron hasta la balsa de Raúl fue rescatada por el Destructor Piedra Buena: "Estábamos todos abrazados para generar el mayor calor posible y un Teniente, que estaba a cargo, constantemente nos daba ánimo. Yo estaba como obnubilado. Sólo podía pensar en mi vieja, y en que me iba a salvar".

Pero lo peor de toda la experiencia no fueron esas 28 horas de incertumbre. A Raúl aún hoy lo persigue el recuerdo del trayecto entre la sala de calderas y la cubierta: "Los gritos desgarradores, pidiendo ayuda, la gente quemada. Intentamos ayudar pero no nos dejaron. Eran órdenes. Eso te queda: uno se pregunta hasta el día de hoy por qué a ellos sí y a vos no. Me quedó marcado para siempre. ¿Quién sabe? si entraba a ayudar, por ahí me quedaba atrapado también. Nunca lo voy a saber".


“Estábamos todos abrazados para generar el mayor calor posible. Yo Sólo podía pensar en mi vieja, y en que me iba a salvar”.

Hambre, frío y muerte. Héctor Castellanos, ex combatiente nacido y criado en Campana, prestó servicios para Aeronáutica en la Base Aérea Militar de Darwin, desde donde despegaban 8 Pucará.

La batalla de Pradera del Ganso se libró entre el 27 y 29 de mayo de 1982. Las fuerzas británicas desembarcadas consolidaron su cabecera de playa en San Carlos (isla Soledad) y el enfrentamiento se desarrolló prácticamente en toda la extensión del istmo de Darwin. Fue ahí donde Héctor Castellanos (53), fue tomado prisionero. El cese total de hostilidades fue el 14 de junio, con la caída de Puerto Argentino.

Héctor llegó al lugar 2 meses antes. Con 18 años, desde el 11 de enero, cumplía el servicio militar en la base aérea de Comodoro Rivadavia, donde recibió apenas 2 meses de instrucción. "Nosotros –cuenta- no estábamos al tanto de nada, y la poca televisión que veíamos estaba en el comedor. El 30 de marzo vimos la marcha de protesta contra el gobierno militar y la represión en Plaza de Mayo. 3 días después, el 2 de abril, volvimos a ver Plaza de Mayo llena con la gente vivando a Galtieri".

Héctor fue movilizado el 15 de abril. Su destino fue la Base Aérea Militar "Cóndor", una pista de tierra en Darwin desde donde despegaban 8 Pucará. La base fue bombardeada por aviones británicos el 1, 8, 12, 17, 21, 25, 27 y 28 de mayo, los últimos 2 días como parte de la batalla de Pradera del Ganso, hito bélico que algunos definen como el comienzo del final de la guerra.

"La pista –cuenta Héctor- estaba defendida por 6 baterías antiaéreas nuestras y 2 más que aportó el ejército. Otro conscripto y yo, éramos los encargados de brindar asistencia al tirador de una de las baterías, que era un oficial: básicamente teníamos que ir cargando las balas, y que el motor que le daba movilidad a la batería no se quedara sin combustible. El bicho disparaba 101 municiones por minuto. Se aprendía sobre la marcha. El primer Pucará que quiso despegar, no pudo hacerlo porque el tren delantero se clavó en la tierra por exceso de peso: demasiado armamento. Estuvimos un rato largo hasta poder liberar la pista y poder operar. Pero, ¿qué puedo decir que ya no se haya dicho de las pelotas y la pericia de nuestros pilotos? Cuando sabían la posición exacta de un barco, que no era siempre, salían con el combustible justito justito como para poder volver, y así llevar la mayor cantidad de bombas posibles. En cambio ellos, sobre todo a lo último, eran unos cagones. Nos tiraban bombas desde 10 mil metros de altura. ¿Qué les íbamos a tirar nosotros si ni se veían? Sus bombas caían en cualquier lado". Con el correr de los días, la pista fue defendida, también, con los restos de un Pucará destruido en un bombardeo inglés: se le adosó su lanzacohetes al mismo tractor que se usó para poder sacar al Pucará que se había enterrado el primer día…

Sobrevivir en Malvinas

Héctor recuerda sobre todo el hambre y el frío. "Vivíamos –relata- mojados y muertos de frío: teníamos una sola muda de ropa, y si no te mojaba el agua nieve, te empapabas los pies cuando te metías en las trincheras que se llenaban de agua cada vez que subía la marea. Te sacabas las medias, las estrujabas un poco, y te las volvías a poner".

Cuenta que, por la dureza de las condiciones, lo salvó "tener calle" y hacerse hombre de golpe no le costó tanto como a otros. En lo que duró el conflicto, Héctor perdió 15 kilos y llegó a pesar sólo 40. "Estaba prohibido –dice- pero yo tenía hambre y salía a robar comida a las quintas cercanas. En mi casa no quería saber nada, y allá me comía el repollo crudo. Robaba zanahorias, lo que sea. Una vuelta hasta me robé una oveja y repartí. Me comí un reto, pero no me hicieron nada. Dicen que los del ejército eran más jodidos y hasta llegaron a estaquear pibes. Había que sobrevivir: yo llegué a sacarle la campera a un muerto para abrigarme".

La carne de oveja, Héctor se la comió cruda, apenas chamuscada por el magro fuego de un papel de diario. Tanto se le cerró el estómago que, finalizado el conflicto, pasaron varias semanas hasta que pudo comenzar a alimentarse normalmente. "Nos engordaron –cuenta- varios días. Y cuando ya empezábamos a comer de verdad, ahí nos largaron".

Si bien tuvo que lidiar con los bombazos, Héctor no participó de un combate cuerpo a cuerpo. En la batalla de Padrera del Ganso tuvo a los Gurkas a menos de 1000 metros y usaban las baterías antiaéreas aplicadas a fuego directo, para cubrir la retirada de la Fuerza de Tareas Mercedes, mayormente conformada por soldados correntinos. Sí, vio morir a un colimba a dos metros suyo, de un balazo que literalmente le hizo explotar el cerebro. Le podría haber tocado perfectamente él.

Cuando volvió al continente, tardó más de un año en encontrar trabajo. Ingresó en Carboclor, el único lugar donde no manifestó ser veterano de guerra: "A los 7 meses se enteraron y me mandaron a llamar. Les expliqué que no dije nada, porque pensé que no me tomaban en ningún lado porque era ex combatiente. Me dijeron que todo lo contrario, que era un orgullo para ellos".

Casado y con 4 hijos, de su trabajo se retiró en 2003, luego de un grave accidente laboral, en el que incluso sufrió quemaduras. "Ahí –dice- me di cuenta que no valía la pena, era mi tercer accidente. Aparte, con las pensiones que recibo de Nación, Provincia y la Municipalidad de Campana, me alcanza: hoy araño los $30 mil y sigo pagando mi casa, en el barrio Héroes de Malvinas. Por ahí los veteranos de otras provincias, y que además no tienen trabajo, están peor. Muchos veteranos creen que la sociedad está en deuda con nosotros. Puede ser. Yo creo que el que está en deuda soy yo: todo lo que donó la gente por nosotros, no tiene nombre. Que no nos haya llegado a las islas, es otra cosa".


"A lo último, eran unos cagones. Nos tiraban bombas desde 10 mil metros de altura".


Castellanos, primero de la izquierda, el primer día del servicio militar. Tres meses después, iría a la guerra.


El cuento del tío

Fue a fines de 2015 que un abogado matriculado en Mercedes dejó de pisar Campana. Atendía en bares, clubes, e incluso en un taller de chapa y pintura del centro. Prometía conseguir indemnizaciones para conscriptos que durante Malvinas no estuvieron en el teatro de operaciones, e incluso para aquellos que participaron durante la "guerra a la subversión". Decididos a desenmascararlo, autoridades del Colegio de Abogados de Zárate Campana, Marcelo Fioranelli y Ariel Castro, lograron despertar el interés de la producción de Documentos América. Juan Gulfo, veterano continental, quien durante el conflicto estuvo en el Regimiento Patricios, se prestó para la cámara oculta. "Llegamos al taller –cuenta Juan- y había como 200 personas, no sólo de Campana, de todos lados. La cuestión es que el tipo cobraba $300.- la consulta y pedía $3000.- para iniciar el trámite. Incluso tenía cómplices locales buscando gente. Hice la cámara, luego entraron Fioranelli y Castro con el periodista de América, y se armó un lindo batifondo. El programa nunca salió al aire, pero el tipo no apareció más". Actualmente, el Colegio de Abogados de nuestro distrito patrocina una causa contra el singular letrado.


 

2 de Abril: Vivir para contarlo
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