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El Rincón de Aléthea:
Mascotas
Por Angela Monsalvo




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Buceando un poco en la Historia, específicamente en la Edad Media, vemos que aún hoy existe una idea equivocada acerca de las mascotas que fueron parte de este período. Muchos incluso sugieren no emplear este término cuando hablamos de animales domésticos en esa época.

Para nosotros una mascota no debe cumplir necesariamente un rol utilitario en el hogar, es decir, no debe trabajar para ganarse el alimento, así como nuestro cariño y reconocimiento; pero para las personas de la Edad Media ésto era sencillamente inconcebible.

Cualquier animal doméstico cumplía una o varias funciones en la casa, ya sea eliminando a los roedores, vigilando al ganado o a la propiedad, razón por la cuál su participación en la dinámica social y familiar, era mucho más activa que en nuestros días; el vínculo que los unía era mucho más profundo que el actual; ya que ambos, humano y animal, cooperaban juntos para sobrevivir.

Ésto dio lugar a la necesidad de darles un nombre propio, con cualidades y características que van más allá de lo genérico.

En Inglaterra, dentro de las clases bajas, los nombres más populares eran: Jakke, Bo y Terry.

En "Los Cuentos de Canterbury", Geoffrey Chaucer añade otros: Gerland, Talbot y Colle.

La nobleza les puso nombres más refinados, por ejemplo, la perra preferida de Ana Bolena, una de las esposas de Enrique VIII, se llamaba Purkoy. Se cree que fue a partir de la palabra francesa "pourquoi", que significa "por qué", ya que al parecer se trataba de un animal muy curioso.

A comienzos del siglo XV, el duque de York, llamado Edward, escribió un extenso Tratado, dónde anota una lista con más de 1000 nombres para perros; entre ellos se encuentran: Bragge, Clenche, Troy, Ringwood...

Los pueblos del Norte, conocidos por su aspereza, cuidaban con afecto a los perros. Los nombres más populares eran: Turg, Furst y Hemmer; ésto era entre las clases bajas. Las familias acaudaladas utilizaban nombres más elegantes: Venus, Fortuna y Dyaman.

Muchos nombres de perros en la Edad Media sobrevivieron, y algunos incluso alcanzaron la misma fama y celebridad que sus amos, tal es el caso de Ludovico III, gobernador de Mantua en el siglo XV, tenía dos perros: Bellina y Rubino. Cuando Rubino murió, ordenó que fuese enterrado en un ataúd fabricado especialmente, e incluso consiguió una tumba en un cementerio local.

Es importante mencionar que algunos perros eran considerados como santos, o al menos como capaces de propiciar milagros.

Una de las historias se refiere a Guinefort, un perro lebrel del siglo XIII, que vivió en la entrada de Lyon. La mayoría de los viajeros que llegaban a la ciudad le presentaban sus respetos, dejándole toda clase de obsequios pues pensaban que si no lo hacían, el animal los iba a seguir día y noche ladrando como un poseo.

Cuando Guinefort murió, su tumba se convirtió en un sitio de peregrinación. Sus milagros han sido extensamente registrados. Al parecer, bastaba con depositar un hueso o un trozo de carne en su tumba para que el espíritu del buen Guinefort se encargara de curar a los enfermos, sobre todo a los niños.

Además de los perros se deben mencionar a los gatos que eran reconocidos por ser cazadores de roedores y alimañas. Los gatos negros eran perseguidos porque decían que eran portadores de la mala suerte.

El nombre más popular de los gatos en Inglaterra era Gyb, diminutivo de Gilbert, le seguían Mite y Belaud.

En Irlanda, el amor por los gatos se llevó a extremos que complicaron profundamente la vida de los burócratas.

Los nombres más comunes eran: Cruibne (garritas), Breone (llama), y Meone (maullido).

Tal vez la mejor evidencia de que se querían a los gatos se encuentra en un poema anónimo del siglo IX, el cuál cuenta la historia de un monje escriba y su gato Pangur Ban.

"Yo y Pangur Ban mi gato // compartimos la misma profesión: // cazar ratones es su oficio, // cazar palabras es mi obsesión."


 

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