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Alejados del final
Por Juan Enrique Mirey



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Condenados a volverse grandes, obligados a vivir una realidad que los sobre estimula y los subestima a cada paso, transitando situaciones que marcan su vida a fuego y con la sensibilidad a flor de piel, cientos de adolescentes caminan, día a día, las calles del mundo.

En esas mismas veredas, deambulan algunas personas enormes y carentes de empatía que los acusan de ser el peor producto de la realidad. Como si el reflejo en el espejo fuera el culpable de la imagen que devuelve a la sociedad.

La red, lejos de contenerlos en una caída, les provee un entorno aparentemente amigable que se vuelve ficticio e inalcanzable cuando pierden la señal 4g o se corta la wifi.

La escuela les pide que desplieguen sus alas y vuelen, mientras los secuestra 12 años en un lugar donde deben pedir permiso para hacer pis. Donde se usa tiza y pizarrón… un modelo tan desactualizado como la caligrafía o la copia a través del mimeógrafo.

Mientras tanto, la silueta del adolescente muta como su personalidad: la ceja mal depilada, el acné espontáneo que aparece un viernes y el pubis delineado son al joven, lo que es el título universitario o conseguir un trabajo al padre cejijunto que no imagina lo que la conjuntiva rosada y el mentolado aliento juvenil enmascaran.

"¿Por qué se matan? Si tienen todo", escuché el verano pasado.

Dejé pasar dos estaciones. Ahora, en primavera, cuando todo es menos triste, puedo escribir.

Se matan porque son jóvenes, porque el dolor los cala más profundo que el frío. Porque tienen la piel suave y cada herida duele el doble. Heridas sociales, relativizadas por sus pares. Heridas físicas, autoinflingidas o provocadas por cercanos. Heridas mentales que al curar, si es que lo hacen, dejan cicatrices que difícilmente puedan erradicarse del núcleo familiar.

Se matan porque el futuro aparenta no solo carecer de esperanza sino de silencio. Un silencio cálido, que permita recapacitar, un silencio grato que les acompañe a mirar el sol, un breve pero necesario silencio que los saque del bullicio absurdo en el que estamos inmersos.

Un silencio con papá o mamá mirando atento/a desde un costado, un silencio de un abuel@ sin prejuicios por su sexualidad, un silencio de un/a herman@ que le dedique su orgullo fraternal. Un silencio que apague el ruido, que de sentido y que permita establecer prioridades. Un silencio que permita un plan. Un proyecto que aleje el final.

El silencio, en cambio, viene después, cuando todos nos sentamos a mirar un féretro barato, consolando congojas ajenas por la terrible y sorpresiva pérdida, despidiendo un pobre niño pobre… o cuando frenamos frente a la larga fila de autos importados que cortejan un solemne coche fúnebre plagado de palmas con inscripciones doradas…

Se trata de la repetición de la misma escena, con matices de autor: un cajón donde sobra espacio por todos lados en el que yace un recién llegado, un cuasi formado adulto padeciente que acaba de quitarse el último de todos sus bienes. Devolviéndole el desprecio que la vida le tiró en la cara.

Ese que el ingeniero ve como fuerza de trabajo, ese que el docente ve como ciudadano en pleno uso de derecho, ese que el doctor ve como salud ideal, ese que el Estado ve como futuro… no está. Algunos dicen que decidió no estar, aunque yo pienso que el resto decidió que él no era necesario y se lo hizo saber hasta el hartazgo.

Y saberse prescindible a los 14 le quita bastante mérito a permanecer con vida.

Que al final, cuando enfrentamos la muerte, estamos solos, eso no es discusión, al menos no una que yo quiera plantear. En cambio, una que me resulta mucho más interesante y esperanzadora es la pregunta: "¿Cómo estamos antes del final?"

No digo segundos antes del final; digo horas, días o meses antes del fin.

Vos y yo transitamos ahora mismo ese momento antes del final. Nuestra red, nuestro entorno, aquellos que nos acompañan hacen que ese final se vea siempre lejano. Lo hacen con un plan, su compañía, su interés, su aprecio y su silencio activo.

Tal vez la pregunta terapéutica, la que encuentra una respuesta a nuestra realidad, la que nos hace parte y responsables es:

Vos, como parte del entorno de un adolescente ¿Cuán lejano has hecho que se vea su final?

Juan Enrique Mirey / Odontólogo - Sanitarista


Imagen ilustrativa. Foto: Google images, selección del editor.

 

Alejados del final
Por Juan Enrique Mirey
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