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Genealogía Alimentaria
Por Dr. Fernando Valdivia



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Fernando Valdivia

Suele decirse que "somos lo que comemos". Y ciertamente está bien. Es una frase remanida pero que logra el cometido de señalar la correlación que existe entre los alimentos que consumimos y algunas circunstancias de salud y calidad de vida que vendrían determinadas por esta selección. También, presupone cierta seguridad o determinación: no podríamos pedirle peras al olmo, un razonamiento simple pero decididamente eficaz.

Somos lo que comemos, entonces. Nuestras células necesitan nutrientes para el cumplimiento de sus funciones vitales y para eso tomamos las decisiones alimentarias que determinan los alimentos que compramos, cómo los preparamos y cuáles, finalmente, consumimos. Luego, de esos consumos (así como de muchos otros aspectos que acontecen en ese intermedio) nuestro organismo resuelve sus necesidades de energía y nutrientes, y hace con el resto lo que puede. Si nuestra alimentación incluye al menos un 80% de alimentos naturales, deberíamos suponer que los mecanismos de regulación ese "resto" lo hacen bien: eliminar los excesos, almacenan aquello que puede ser almacenados sin riesgo y nos pone sobre aviso en los casos en que exista alguna carencia.

Pero como desafortunadamente la proporción de lo que comemos suele ser casi a la inversa, es decir que apenas si llegamos al 20% de alimentos naturales mientras que el grueso de lo que comemos son "alimentos culturales", los mecanismos que tienden a nuestro equilibrio fisiológico dejan de funcionar normalmente y se desencadenan alteraciones que, más temprano o más tarde, devienen en enfermedades. Llegado a este punto, nuestro cuerpo nos muestra el lado más oscuro del hecho de que "somos lo que comemos": no hemos transformado en pacientes; en enfermos frente a un médico..

Si lográramos considerar esa frase todos los días y tomáramos decisiones en consecuencia, muchas de esas enfermedades podrían evitarse o prevenirse. La propia Organización Mundial de la Salud dice que el 80% de las enfermedades están directa o indirectamente relacionadas con el modo en que nos alimentamos. Y también dice que el 30% de los cánceres podrían ser evitados si llevásemos una alimentación más saludable que la actual. Y ni hablar del sobrepeso y la obesidad, que hace estragos a nivel mundial, afectando a alrededor del 40% de la población. O muchas de las actuales cardiopatías y diabetes.

¿Por qué no pensar, también, a la inversa?

Nuestra mente suele tender a las simplificaciones, a las polarizaciones y a definiciones binarias en las que las palabras o enunciados que suponemos contrapuestos se enlazan con una "o". O es una cosa o es la otra. Tener rápida respuesta reduce la incertidumbre, claro. Pero también elude la posibilidad de modos de pensar alternativos y superadores. Pocas veces nos tomamos el trabajo de buscar grises y de colocar una "y" allí donde solemos siempre poner una "o".

Definitivamente "somos lo que comemos". Pero también "comemos lo que somos". E incluso arriesgaría más. Que entre los dos enunciados hay una relación de causalidad en favor de la segunda expresión. Dicho de otro modo: somos lo que comemos porque comemos lo que somos.

Genealogía Alimentaria

Por supuesto que aquí valen todas las definiciones que bien han dado la sociología y la antropología social, en el sentido de que lo que comen las personas está definido en buena medida por cuestiones de pertenencia a una clase social, a determinado estrato socioeconómico, o a grupos de pertenencia. A lo largo de la historia la alimentación estuvo fragmentada de acuerdo con las posibilidades de acceso a la comida y a lo que ésta representó simbólicamente. Había "menús" según el grupo al que se pertenecía. Comida de reyes, comida de plebeyos, comida de mendigos. Aún hoy es así: menú ejecutivo, menú al paso. O simplemente snacks para "engañar" al estómago.

Pero al punto que quiero llegar es al de las determinaciones alimentarias de orden familiar, puesto que allí "se cocina" la mayor parte de las causas de lo que comemos hoy. Si somos lo que comemos porque comemos lo que somos, entonces es la familia el ámbito central en el que de definen buena parte de esas decisiones.

Además de las determinaciones genéticas que heredamos de nuestros ancestros, cada familia va construyendo su propio estilo alimentario generación tras generación, acumulando y transmitiendo mucha más información que aquella que está en el ADN. Una suerte de "inconsciente alimentario familiar" funciona como determinante de nuestros comportamientos alrededor de lo que comemos (y de lo que no). Hoy en día existen técnicas orientadas a la búsqueda de esas historias alimentarias y, de ser necesario, procurar caminos para establecer mejoras, a través de caminos que se asientan en transformación y el diseño de nuevos hábitos.

Dr. Fernando Valdivia / Email: fv@fernandovaldivia.com / Sitio Web: www.fernandovaldivia.com


 

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