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Opinión:
Una guerra comercial
Por Mara Pedrazzoli



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Finalmente, Donald Trump firmó los nuevos aranceles para la importación de acero y aluminio que había anunciado el 1º de marzo. Una medida que puede impactar en las operaciones de Tenaris Siderca, que el año pasado despachó 200 mil toneladas de tubos de acero sin costura a dicho mercado. En esta nota, un análisis de la decisión del Presidente de EE.UU y el escenario en el que se ubica.

El jueves 1 de marzo el presidente de Estados Unidos anunció que impondrá aranceles a las importaciones de acero y de aluminio, con alícuotas del 25% y 10% respectivamente. La medida finalmente se concretó el último jueves pero, como ocurre con cualquier declaración proveniente del país del norte, en parte la medida es tan solo el haberla dicho. Por eso, el solo anuncio ya provocó un colapso en todos los mercados financieros del mundo que perciben que Estados Unidos tiene serias intenciones de encarar políticas de este tipo.

El viernes 2 de marzo, a través de su activa cuenta de Twitter el presidente escribió: "Cuando un país está perdiendo muchos miles de millones de dólares comercialmente con prácticamente todos los países con los que hace negocios, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar. Por ejemplo, cuando perdemos USD 100.000 millones con un país concreto y se pasan de listos, ya no comerciamos más y ganamos a lo grande ¡Es fácil!".

El temor de los mercados era justificado: Trump se propone iniciar una guerra comercial, ¿pero una guerra comercial contra quién o quiénes? ¿Y para qué? ¿Defender puestos de trabajo norteamericanos? ¿Es tan cierto y automático -como pregona el nacionalismo de Trump- que con subir los aranceles a las importaciones las empresas se radicarán en suelo norteamericano para fabricar desde allí o eso depende de múltiples factores?

Pero en primer lugar: ¿qué es una "guerra comercial"?

En la jerga económica se denomina de esa manera a la adopción de políticas comerciales o regulaciones aduaneras que permitan obtener ventajas económicas a un país, con el objetivo de proteger su mercado interno ante la competencia externa o incrementar el volumen de sus exportaciones. Históricamente el instrumento utilizado con ese fin era el tipo de cambio: un gobierno devaluaba su moneda cuando quería conquistar nuevos mercados en donde no era competitivo. Las guerras comerciales fueron "guerras de monedas" y estuvieron asociadas a creciente incertidumbre y vulnerabilidad financiera.

Actualmente la mayoría de los países mantiene un régimen de tipo de cambio flexible, es decir, que los gobiernos no intervienen (o al menos no de manera sustanciosa como requeriría una guerra de monedas) para controlar la paridad. Otras prácticas comerciales habituales para mejorar las cuentas externas son, por ejemplo, la aplicación de barreras arancelarias y no arancelarias (como las cuotas de exportación, las licencias de importación, certificados sanitarios y fitosanitarios, estándares de calidad técnica, etc) y las políticas de dumping (que consisten en subsidiar la fabricación de determinado producto en el país de origen para poder venderlo por debajo del costo de producción en el exterior). Todas esas prácticas, con excepción del dumping, son permitidas por la Organización Mundial del Comercio (OMC), con su debido monitoreo y atendiendo a los casos específicos incluidos en sus múltiples tratados especiales.

Es decir que la defensa (o proteccionismo) comercial continúa siendo empleada por varios países que buscan promover el desarrollo de determinados sectores de su economía, si bien es cierto que solo algunos países cuentan con el aval político de la OMC para encarar esas prácticas y otros no. Además de las presiones políticas existen factores económicos que permiten a un país realizar una defensa pública de sus intereses comerciales sin sufrir consecuencias negativas.

En el caso de Estados Unidos, como se vio en los días que siguieron al anuncio, los mercados tambalearon pero el rendimiento de los títulos públicos cayó; es decir que los inversores vendieron sus tenencias en acciones de empresas de todo tipo (la caída no fue sólo en el sector siderúrgico) y se refugiaron en activos seguros: paradójicamente, los bonos de deuda soberana de Estados Unidos.

La posibilidad de sortear de esa manera una situación de fuga de capitales compete (casi) exclusivamente a Estados Unidos, pues su moneda es reserva de valor internacional. Pero China tiene un potencial similar de facto, no porque el yuan sea reserva mundial de valor, sino por la cantidad de dólares que acumula su Banco Central producto del histórico y abultado superávit comercial que mantiene con el resto del mundo. Eso le permite intervenir y mantener el tipo de cambio estable ante cualquier corrida.

Bajo la conducción Trump, Estados Unidos no cesó sus quejas sobre las prácticas asiáticas. China es sin dudas uno de los blancos de la "guerra comercial" de Trump (además, en el caso de la siderurgia, China es conocida por sus prácticas de dumping). El segundo blanco es la Unión Europea, con quien mantiene un déficit comercial de USD 100.000 millones. Con la imposición de aranceles a la industria siderúrgica, el gobierno de Estados Unidos busca proteger la producción local pero también potenciar a la mimada industria automotriz norteamericana cuyas exportaciones deben pagar "horribles" aranceles para entrar al mercado europeo, según sostuvo el presidente días después de iniciar la "guerra comercial".

Europa se verá seriamente perjudicada por la suba de aranceles. En tanto China, si bien es el principal productor de acero a nivel global (50% del total mundial según datos de la World Steel Association para el año 2017), destina el grueso de producción al consumo interno. La producción siderúrgica se usa para la construcción de edificios y viviendas, en proyectos de infraestructura urbana, para fabricar maquinaria de uso industrial y como insumo del sector automotriz y la metalmecánica básica (tornos, tuercas, matrices, planchas de metal, etc).

Estados Unidos es el principal importador neto de acero a nivel global y tiene un poder de mercado que se denomina "monopsonio": su importancia como comprador le permite fijar precios. Más aún, en un caso extremo donde decidiera cerrar por completo la entrada de importaciones podría provocar una caída del precio internacional de los metales generando un exceso de oferta generalizado.

Los principales proveedores del mercado norteamericano son Canadá (16% del total importado), Brasil (13%), Corea del Sur (10%) y México (9%), entre otros. Sin embargo ellos no parecen ser los blancos principales de la "guerra comercial". De hecho, Trump eximió a Canadá y México de la suba de aranceles en el marco de las negociaciones que actualmente se llevan a cabo para relanzar el NAFTA.

En ese sentido cobra validez la pregunta acerca del objetivo de las políticas proteccionistas de Trump. ¿Es acaso devolver el "sueño americano" a los trabajadores o algún otro menos populista como el resguardo de los intereses de las empresas norteamericanas líderes? Los mensajes de Trump son claros y fuertes, sus interlocutores saben leerlos. En respuesta, desde el gobierno chino declararon que podrían imponer aranceles a la compra de productos agrícolas provenientes de Estados Unidos (uno de los principales exportadores mundiales de soja junto con Argentina y Brasil) y desde la Unión Europea que presentarían medidas de salvaguardia y defensa comercial para un listado de productos afectados ante la OMC. Se trata de una guerra comercial entre jugadores de peso y la magnitud de las consecuencias es aún desconocida.

Mara Pedrazzoli / Mg en Economía UBA








 

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