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La Auténtica Defensa. Edición del miércoles, 11/jul/2018.
Te hago el cuento:
Las Niñas de Silvina Ocampo y Liliana Heker
Por Marisa Mansilla



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Las dos son argentinas, aunque de épocas y generaciones literarias diferentes. Las dos pertenecen a orígenes y extracciones socio-culturales muy distintas, las dos descubren en diversas edades y etapas de sus vidas que aquello que deseaban ser y a lo que se van a dedicar es a la escritura literaria. Y ambas incluyen en las primeras etapas de su producción personajes de niñas, algunas casi púberes, que podrían pensarse como proyecciones ficcionales de sí mismas, aunque en Silvina Ocampo esa relación sea quizás más estrecha que la que aparecerá años después en algunos cuentos de Liliana Heker.

Silvina Ocampo nació en 1903 en la casa familiar, pleno centro de Buenos Aires. Era un caserón señorial que ella amaba y describiría profusamente; y pasaba períodos vacacionales en la magnífica Villa Ocampo en Béccar, San Isidro.

A pesar de ser la hermana menor de las seis hermanas Ocampo y de pertenecer a una familia acaudalada y aristocrática, siempre se sintió muy sola. Al fallecer su hermana más próxima en edad, Clarita (cinco años mayor que ella), lloró con cierta dificultad, tímidamente, contagiada ante el llanto de los presentes al velatorio doloroso pero también fastuoso, lo que le pareció falso, atravesado por la hipocresía social. Luego, se refugió en las dependencias de la servidumbre donde siempre era bien recibida, allí las relaciones entre las personas eran más sinceras.

Una de sus diversiones en la niñez era esperar subida a un cedro a los mendigos para darles de comer y en una entrevista que le hace Hugo Beccacece en 1987, ella respondió: "Me había hecho amiga de todos ellos, los saludaba, los besaba. A mi familia le parecía muy mal que yo tuviera esas amistades. Tenía miedo de que me robaran algo, que me contagiaran alguna enfermedad, de que me hicieran quién sabe qué cosa. Una vez alguien de los míos me dijo: ‘No podés tener trato con esa gente. Así nunca vas a lograr que te respeten’. Y yo le respondí ‘Yo no quiero que me respeten. Yo quiero que me quieran’". Silvina falleció en 1993, a los 90 años, en su habitación en la casa de la calle Posadas donde vivía con Adolfo Bioy Casares, su marido.

Nunca escribió ni publicó urgida por un interés económico, ni atenta a las exigencias o contratos editoriales. "No lo necesitaba" dice Mariana Enríquez en su libro "La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo". Tampoco participó en actividades políticas, ni siquiera de política cultural. El tema de la infancia, que domina su libro "Viaje olvidado" (1937) y reaparece después en otros relatos, es efectivamente un viaje a esa edad con niños que fracturan la errónea imagen de una infancia ingenua, sana, angelical, asexuada. Sus niños son crueles, perversos, suicidas, abusados.

Liliana Heker, nació en 1943 en el seno de una familia judía de clase media que vivía en Almagro. Ya a los 16 años, cuando conoce a Abelardo Castillo, comienza a publicar cuentos en su revista "El grillo de papel". En una entrevista que aparece en el Suplemento RADAR del diario "Página/12" cuenta que se peleaba mucho con su madre durante su adolescencia y que ella le cantaba en su niñez canciones muy tristes como por ejemplo "Mis harapos", que decía: "Tengo un primo, él es rico, poderoso, bien querido. Yo soy pobre, soy enfermo, pienso, escribo y sé soñar’. Con una madre así, o me moría de tristeza o me hacía escritora."

Heker, quien desde los 12 años en que leyó "Los miserables" de Víctor Hugo, se fue formando en el pensamiento de izquierda, organizó marchas estudiantiles durante la secundaria, apoyó en 1959 a la revolución cubana... La política nunca le fue ajena o indiferente, mucho menos desde que fue prohibida la revista "El grillo de papel", publicación en la que llegó a ser Secretaria de Redacción.

DIFERENTES E IGUALES

Los cuentos "Las dos casas de Olivos" y "La siesta en el cedro" de Silvina Ocampo incluidos en "Viaje Olvidado" y "La fiesta ajena" de Liliana Heker publicados en el libro "Los bordes de lo real" (1991), nos remiten a estas amistades entre nenas cuyas diferencias sociales parecieran no amenazar ese vínculo, aunque finalmente se desmorona lo que parecía una unión indestructible de espaldas a las diferencias sociales del mundo adulto.

En "Las dos casas de Olivos" se narra la amistad entre 2 nenas de 10 años que llegan a cometer actos temerarios que exceden lo que podría considerarse una travesura o aventura infantil. Hay entre ellas profundas diferencias de clase que, no obstante, están aceptadas y naturalizadas sin representar un conflicto que deba resolverse. Las iguala el hecho de que la niña que vive en el caserón inmenso con enormes cuartos, muchos de ellos deshabitados y personal de servicio y su amiga que vive en una casa de lata en el bajo de las barrancas de Olivos donde pasaba frío coinciden en considerar que sus casas son "feas" y sueñan con la casa de la otra. Se imaginan pudiendo hacer en la casa de su amiga lo que en su casa no pueden. Buscan y se esfuerzan por parecerse físicamente, se cambian sus ropas y sus casas. Saltan ambas la reja del jardín y se recomiendan "no perderse" en el nuevo espacio. Sus "ángeles guardianes" duermen la siesta y no advierten el intercambio. ¿Será éste el único rastro de ingenuidad en el cuento, y no precisamente de sus protagonistas, sino de su narradora?

El salto al otro lado es grande y define un final trágico: una tormenta horrorosa e inclemente amenaza un nuevo encuentro entre las amigas. La niña rica de la casa de lata monta un caballo blanco y acude desafiando rayos y truenos a la reja del jardín, la amiga pobre está empapada pero allí la espera bajo una cortina espesa de agua que se interpone entre ellas. Un rayo fulmina al caballo y otro a la niña rica, la niña pobre afectada por el frío y la lluvia también fallece.

Semejante transgresión en los espacios y órdenes establecidos confunden –y no sólo a los ángeles guardianes-, y acarrean consecuencias trágicas como la muerte. Ella, la muerte, sí es la gran igualadora; aunque al final las dos niñas puedan reencontrarse en un cielo radiante sin diferencias edilicias, ni sociales.

"La siesta en el cedro" y "La fiesta ajena", dos cuentos que profundizan esta temática y que revelan asimismo la estatura narrativa de Silvina Ocampo y Liliana Heker serán tratados en nuestra próxima entrega.

Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego - marisamansilla2000@yahoo.com.ar


Silvina y Liliana: dos generaciones literarias diferentes con puntos de contacto.

 

Te hago el cuento:
Las Niñas de Silvina Ocampo y Liliana Heker
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