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Cuento:
Príapo
Por Oscar Serrano*



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Oscar Serrano (3 de julio de 1943 - 16 de abril de 2012). Foto: Archivo.

Publicado en revista La Lechuza - Abril de 2001 - Lenguaje explícito.

Me enteré del tal Príapo cierta vez que me diagnosticaron priapismo. El Dr. Bruni me dijo: "Lo que vos tenés se llama priapismo simple", y no quiso agregar una palabra más sobre el asunto. Como además de médico de la familia era mi profesor de Botánico en la Escuela Normal, yo estaba en primer año (1956), no quise irritado con preguntas que él parecía no estar dispuesto a responder. Me recetó fricciones de alcohol alcanforado, mono bromato de alcanfor, tés de cocción de azucena de agua... e hidroterapia, que consistía en semicupios de agua halada y una bolsa de goma con trocitos de hielo sobre el bajo vientre.

Quise averiguar más, pero no sabía cómo encarar un asunto tan peliagudo. Busqué en el Diccionario Abreviado Sopena, único repertorio que había en caso, pero nada me decía sobre el tema. En los estantes de la biblioteca de la Escuela Normal Mixto Dr. Eduardo Costo, topé con una Mitología Clásica Ilustrada, donde presentaban a Priapo como "dios de los campos y jardines... cuyos atributos típicos eran el cuchillo de jardinería y la maza".

Sin duda nada más inocente. Algo se decía allí sobre que Priapo era un genio de la fertilidad natural y que influenciaba benéficamente la fecundación de cobros y ovejas... ¿Pero qué tenía que ver mi afección con un dios protector de cultivos y rebaños?...

Al fin, un error de lo Sra. de Herreros, bibliotecaria de la Biblioteca Pública Municipal Dr. Octavio R. Amadeo, echó un poco de luz sobre el asunto. Al pedirle yo un diccionario ltaliano-Castellano / Castellano -Italiano, que necesitaba para mi clase con Clodomiro Chichisola, me dio apresuradamente un tomito que resultó ser un Dizionario Medico-Etimológico del año 1869, es decir de casi 90 años atrás. Oculté este error porque yo estaba chasqueado con ella. La vez anterior había querido sacar Tres ensayos sobre la sexualidad contemporánea, de Gregorio Marañón, y me lo había quitado de las manos.

Allí estaba lo que mi curiosidad de niño buscaba: "PRIAPISMO, da priapoz priópos, membro virile. Dicesi l’incomoda e continua erezione del pene, senza olcun desiderio voluttuoso, e perció differisce della Satiriasi." ¿De modo que era diferente de la Satiriasi?... No entendía una jota de italiano. ¿Y qué era Satiriasi? Busqué la palabra en cuestión y supe sin mayor interés que provenía del griego sotiriasi, satírion, o saturoz, sótiros. Leí su descripción: "Eccitamento venereo. Indica l´erezione continua del pene, con tendenza irresistibile al coito". ¿Qué demonios era coito?

Seguía en ayunas, pero dado que por indicaciones del Dr. Bruni debía tomarme unas vacaciones, me colgaron una bolsita con alcanfor y me mandaron a casa de mi abuela, en Carcarañá, provincia de Santa Fe. Allí mi tía Norma me llevó de un médico naturista que me recetó bromuro de potasio, 4 a 10 gramos por día, polvos de valeriana 3 gramos, y óxido de zinc, 2 a 4 gramos, y desechó el mono bromato de alcanfor que mi tía arrojó al excusado.

Como las siestas de Carcarañá resultan interminables, me puse a revolver entre los libros que fueran de lo biblioteca de mi abuelo, libros que ahora se arruinaban en un rincón del galponcito, en unos estantes donde también había números atrasados del diario La Capital y viejos ejemplares de la revista Leoplán. Allí encontré un Diccionario de Medicina y Terapéutica Médica, encuadernado en cuero de época. Me alentó que estaba editado apenas 74 años atrás, en 1882. Una obra sin duda más moderna que el diccionario italiano que me facilitara la Sra. de Herreros, aunque se la veía llena de tiros de polilla y con las hojas casi desgajadas. Lo abrí porque quería tener una idea más clara de mi afección: "La erección dolorosa y continua del miembro viril constituye el priapismo". ¿Nada más? A continuación sólo decía: "Ver Satiriasis". ¿De nuevo Satiriasis? ¿No era que no tenía nada que ver una cosa con la otra? Sin duda la ciencia había progresado. Además, a mí no me dolía para nada. Hasta había descubierto un método que me tenía demacrado y hacía sospechar a mi abuela. Cada vez que iba a confesarme, porque tía Amalia me llevaba a comulgar todos los domingos, el receloso cura carcarañense me preguntaba: ¿Haces cosas malas? No, padre. ¿Tienes malos pensamientos? No, padre. ¿Te lo tocas? No, padre. ¿Acaso no te lo frotas y sientes cosquillas? No, padre. Bueno; dos Avemarías y cinco Padrenuestros, y no peques más. Sí, padre…

La erección me incomodaba y debía andar disimulando y tapándome con la bolsa de los mandados cuando debía ir a la carnicería, al almacén o la panadería. Pasaba lo mismo cuando permanecía parado en la iglesia o debía caminar por la calle acompañando a alguna de mis tías.

Satiriasis resultó ser "el deseo irresistible de la aproximación sexual, con erección continua del miembro" y podría ser "resultado de una enfermedad interna del sistema nervioso" o de una "monomanía erótica"... o de "una lesión orgánica del cerebelo".

Para más abundar, revolviendo en un cofre lleno de uniformes ferroviarios viejos, me encontré con un abultado librito llamado Psychopathia sexualis, de Richard Von Krafft-Ebing, editado en Barcelona en 1929, que de seguro era de mi tío Julián. Presentaba 238 casos clínicos de perversiones, desenfrenos y singularidades, entre ellas, decía que había profesores capaces de masturbarse detrás del escritorio observando su clase de niñas impolutas, o maridos que sólo podían fornicar en los baños. Me apasionó saber qué pasaba en los compartimientos de los trenes o detrás de los arbustos de plazas y paseos. "Libros así deberían estar al alcance de los niños desde la más temprana edad", razoné por entonces, aunque ahora, tal vez, no comparta el punto, al menos tan plenamente.

En Psychopathia sexualis había de todo; era un fiesta. Salvo asesinatos y otras exageraciones, estaba fascinado por la variedad de servicios y gustos, aunque, pese a mi edad, entendía que eran asignaturas para rendir más adelante y que, por lo vislumbrado aquí y allá, me faltaba escuela. Busqué "satiriasis" y me encontré con el caso del ingeniero que se bajó del tren buscando copular con una perra y que, al no hallarla, trató de violar a una abuela de 60 años. El movimiento del tren y el calor lo habían excitado aún más. Tenía expresión de lascivia, otra palabra para buscar luego en el diccionario. Siempre hablando de dicho sujeto, en su niñez había sido neuropático y comenzó a masturbarse desde los 14 años, edad que tenía yo por entonces.

Le resultaba imposible controlar su deseo y se abocaba al onanismo (palabra médico, yo ya lo sabía, con que se designaba la paja). La culpa, al parecer, la tenía su constipación intestinal. Y le daban ataques tan fuertes que, para calmar su lujuria, arremetía con lo primero que tuviese a mano.

¿De dónde sacaste ese libro? me sorprendió mi tía Norma quitándome aquella compilación de maravillas que me mantenía en constante priapismo.

Y cuando llegó mi tío, que era viernes, y vio la Psycopathia que asomaba sobre lo alto del aparador, preguntó quién le había andado revolviendo sus cosas: enseguida le contaron que fui yo.

Estábamos comiendo, él del otro lado de la mesa. ¡Ah! , dijo mi tía Norma y me miró de reojo fingiendo que buscaba la panera. iVos seguí dejando esos libros al alcance de los chicos! ¡Voy a tener un flor de lío con mi hermana!, pero mi abuela subió el volumen de la radio y todos se callaron para escuchar Los Pérez García.

En realidad padecía de adolescencia virginalis, y así lo comprendió mi tío Julián, que un buen día me hizo vestir como para ir a la iglesia y me llevó hasta Rosario. Nos bajamos en la estación de Rosario Norte, y si bien fuimos a visitar a la tía Catalina y al tío Jorge Baglietto, en Brown 2722, departamento 1°, tal como le había dicho Julián a mi abuela, enseguida fui sacado de allí y llevado, Brown al 2500, que era una casa llena de mujeres.

¿Qué hacés con ese chico? ¿Me querés meter en problemas?, le dijo la señora gorda, morocha, con acento cordobés, que fumaba en boquilla y tenía un lunar con pelos en mitad de la frente. Mi tío se apuró a contarle el problema, mi problema; lo hizo delante mío, no le importó, y ella, en vez de burlarse, se mostró muy comprensiva.

Es uno responsabilidad, manifestó, pero vamos a ver qué podemos hacer, ché. Me revolvió el pelo y determinó que era un hermoso muchacho. Eso yo ya lo sabía; estaba convencido de que era hermoso.

Sos un chico precoz, añadió, y ahí ya no entendí muy bien a qué se refería. En lugar de tomar tantas medicinas, me dijo con seriedad, debés hacer más ejercicio, jugar más a la pelota.

Habló un rato con mi tío sobre algunas personas de Carcarañá, ya que ella parecía ser de por allí, y le preguntó por una tal Alcira, al parecer amiga suya, y por otra mujer, de nombre Guillermina Prado, qué vaya a saber qué era de ella. Inmediatamente llamó a una señorita de pelo rubio con raíces negras, muy escotada.

Ella me llevó a una pieza y mientras se sacaba las medias hizo que le contara lo que me pasaba. Se interesó mucho por el problema. A diferencia de los médicos quiso verme sin pantalones para evaluar mi inconveniente, que me miró como si fuera alguno de esos juguetes de chapa a los que hay que darle cuerda con mucho cuidado para no romperlos.

No recuerdo mayor felicidad que el cuidadoso registro a que me sometió aquella señorita. A partir de ese día comencé a viajar una vez por semana hasta la casa llena de mujeres; fueron tres veces, siempre con mi tío Julián. A esta hora hay pocos clientes, le recomendó la señora gordita a mi tío. Para mi sorpresa y felicidad, distintas mujeres de aquel lugar se encargaron de mi priapismo con gran dedicación y siempre me preguntaban sobre el tratamiento de vida al aire libre y semicupios de agua helada que me recetara el sabio Dr. Bruni, procedimiento que parecía divertirles mucho, aunque no tanto como la palabra priapismo que las hacía reír todavía más. Reconozco que verlas tan tontas me molestaba.

Un buen día me sentí completamente curado. Durante la siesta, en medio de un campo sembrado de girasoles, le enseñé a la hija del placero cómo hacer lo que hacían conmigo las señoritas de Rosario. Pero ella no tenía gran habilidad y yo no había aprobado mi curso con grandes notas, de modo que no pudimos. De tanto forcejear todo quedó en la superficie, pero, fuera como fuere, a ella le gustó y a mí también. No sé cómo, la madre de la chica se enteró, y esa misma tarde fue a denunciarle a mi abuela la depravación de su nieto porteño, según me calificaba, aunque yo siempre fui de Campana. Recuerdo el disgusto de ella. Mi tía Norma me defendió: El nene es incapaz de hacer esas cochinadas le dijo; y agregó: Yo pongo las manos al fuego por él. Mi cara de santo terminó por convencerlas. Pero esa misma noche mientras soñaba con invitar a juntar choclos a Irma Ureña, la hija más chica (13) del jefe de estación, le avisaron por teléfono a mi papá que viniera a buscarme. "Cuánto antes." De cualquier manera ya finalizaban mis vacaciones de verano.

Dos días después apareció mi padre. Yo ya estaba listo y él apenas se quedó a almorzar. Había pedido licencia por un día. Aprovechó y le trajo a mis tías unas costuras que les mandaba la hermana. Esas tres o cuatro horas que pasó en Carcarañá esperé que me sermoneara. Sin embargo no me dijo una palabra. Estuvo muy formal. Apenas me saludó al llegar. Hasta escuché que le decía a la abuela: Voy a tomar medidas con ese mocoso; es una fuente de problemas. Pero fue al arrancar el tren de la estación de Carcarañá, y dejar en el andén las caras de circunstancia de mis tías, para que le cambiara de inmediato el humor. Nunca lo vi tan divertido; a cada rato me palmeaba la rodilla o me revolvía el pelo. Hasta se asombró de cómo me había cambiado la voz. Parecía aliviado de algo que no alcanzaba a entender; hasta me compró una Bidú helada y un sandwich de queso y jamón. Con el mismo humor animado siguió hablándome durante todo el viaje, no sólo hasta Rosario Norte, sino en el tren de transbordo a Campana, un rápido que venía de Tucumán con destino a Retiro. Me hablaba de igual a igual, algo no muy frecuente, hasta que en algún momento dejé de escucharlo porque me dormí contra su hombro, abrazado a su brazo, con la nariz apretada a la manga, oliendo la chaqueta de guarda de trenes que olía como todo el tren, mientras él, cada tanto, me rascaba la cabeza; y de eso me acuerdo porque soñaba a medias. Recordar ese viaje todavía me emociona. Retengo los ruidos de las puertas y enganches; repaso la fragancia de los campos, revivo el calor del vagón, evoco los ojos de mi padre... Todo está allí, entero, para cuantas veces quiera volver a aquel momento.

* Oscar Serrano (3 de julio de 1943 - 16 de abril de 2012).
Cuento de su autoría, publicado en revista La Lechuza, en Abril de 2001.


 

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