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Te hago el cuento:
Repensar la vida y la experiencia amorosa
Por Marisa Mansilla



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Marisa Mansilla

¿Cuándo, en qué edad o momento de la vida las personas experimentamos la necesidad de historizar precisamente el propio devenir y elaborar y construir nuestra novela personal, el relato autobiográfico que hace de nuestra peculiar experiencia un testimonio de lo vivido, pero también de época?

En su novela "El amante" de 1984, que recibiera el premio Goncourt, Marguerite Duras, que en ese momento contaba ya con setenta años, publica este delicado ejercicio de memoria, historia propia y social-cultural que es casi un soliloquio y un profundo encuentro consigo misma producto de un delicado trabajo de reconstrucción. Acude para esto a la revisión de viejas fotografías que a medida que se van sucediendo azarosamente le disparan imágenes de lo vivido.

Pero no son sólo las fotos las que la llevarán a la evocación, también las imágenes psíquicas que sin haber quedado fijadas al papel, permanecen nítidas y hondamente registradas en su memoria por lo que le resultan poderosas e imborrables, ligadas a una infancia y adolescencia conflictivas que la pusieron a elucubrar tempranamente en las posibles formas de irse de Saigón, de la colonia francesa en Indochina adonde había nacido y vivido y regresar a los diecisiete años a París, de donde eran oriundos sus padres.

Y el tercer medio que le ofrece fragmentos de su vida es su propia literatura donde la marca de un automóvil, algún ambiente, los nombres de los personajes podían estar ficcionalizados , algo así como camuflados para el relato, pero que en esta novela recuperarán su condición de "lo real sucedido" tal como con las fotografías, a las que se refiere Roland Barthes en su ensayo "La cámara lúcida" donde nos advierte que hay en todas ellas una "huella de la realidad" una suerte de constancia de que algo "fue", es decir adquirió la entidad ontológica de "haber sido así", una herida, un retorno a lo ya muerto que no podrá repetirse en lo real cotidiano de forma existencial pero sí mecánicamente -o psíquicamente en este caso -, al infinito. Y apoyada entonces en estos tres soportes Duras despliega una narrativa muy lírica y elaborada con fragmentaciones constantes que llevan al lector por distintas temporalidades y locaciones que lo invitan a la composición del rompecabezas de esa vida alucinante.

El rostro entre abúlico y abatido de su madre que aparece repentinamente en una foto junto a sus hijos –Marguerite de sólo cuatro años y sus hermanos varones -, "vestidos de pobres", mal aseados y hasta mal alimentados en la casa ostentosa que ella acababa de comprar cuando su padre ya estaba a punto de morir, es el primer síntoma del prolongado e inextinguible descalabro familiar y de su infantil desamparo unido al más terrible aún de su hermano menor Pablo, sometido a los reiterados abusos y violencia del hermano mayor. Pero si este primer registro del caos cotidiano en que vivían surge de una foto, el cruce del río Mekong y la observación desde el trasbordador de una enorme limusina negra que esperaba que atracara para que descendieran los pasajeros es la evocación de una imagen que quedó nítida y deslumbrante grabada en su memoria:

"Es pues, durante la travesía de un brazo del Mekong en el trasbordador que se halla entre Vinhlong y Sadec en la gran planicie de barro y arroz del sur de la Cochinchina, la de los Pájaros. Me apeo del autocar. Me acerco a la borda. Miro al río. […]…siempre tengo miedo de que los cables cedan, de que seamos arrastrados hacia el mar. En la tremenda corriente contemplo el último instante de mi vida. La corriente es tan fuerte que lo arrastraría todo, incluso piedras, una catedral, una ciudad. Hay una tempestad que ruge en el interior de las aguas del río. Del viento que se debate.[…] …hay una gran limusina negra con un chofer con librea de algodón blanco… Y en la limusina hay un hombre muy elegante que me mira. No es un blanco. Viste a la europea, lleva el traje de tusor blanco propio de los banqueros de Saigón. Me mira. Ya estoy acostumbrada a que me miren. Miran a las blancas de las colonias, y a las niñas blancas de doce años también. Desde hace tres años los blancos también me miran por las calles y los amigos de mi madre me piden amablemente que vaya a merendar a sus casas a la hora en que sus mujeres juegan al tenis en el Club Deportivo."

Ese cruce del río es alegóricamente otro cruce y es la mirada del hombre chino elegante, así como la de los amigos de su madre deleitándose en su observación, las que le señalan el paso de la niñez a las transformaciones físicas de la adolescencia y el despertar de la sexualidad.

La miseria los alcanza, los desquicia, los violenta y particularmente a ella la determina a dar el paso que imagina que podrá sacarla de esa situación: "El vínculo con la miseria también está ahí, en el sombrero de hombre, pues será necesario que el dinero llegue a casa, de un modo u otro será necesario. Alrededor de la madre, el desierto, los hijos, el desierto, no harán nada, las tierras salubres tampoco, el dinero seguirá perdido, es el final. Queda esa pequeña que crece y que quizás un día sabrá cómo traer dinero a casa. Por eso, ella no lo sabe, la madre permite a su hija salir vestida de niña prostituta. Y por eso también la niña sabe ya qué hacer para desviar la atención que se le dirige a ella, hacia la que ella dirige al dinero. Eso hace sonreir a la madre. / Cuando busque dinero, la madre no le impedirá hacerlo. La niña dirá: le he pedido quinientas piastras para regresar a Francia. La madre dirá que está bien, que es lo que se necesita para instalarse en París, dirá: basta con quinientas piastras. La niña sabe que lo que hace, lo que hace ella, es lo que la madre hubiera deseado que hiciera su hija, si se hubiera atrevido, si hubiera tenido fuerzas para ello, si el daño que hacía al pensarlo no estuviera presente cada día, extenuante."

Y finalmente, la iniciación sexual que ocurre cuando ella sólo tiene quince años y medio con el hombre joven de Manchuria, once años mayor que ella, le permitirán – cuando ya tenga diecisiete años - la evasión y desprendimiento de la continuada tragedia familiar y a su fiel enamorado un tiempo de goce pleno del amor que sentía por ella, y también una suerte de evasión, aunque acotada, del autoritarismo y conservadurismo inflexible de su padre y su destacada posición económica y social y lo que las tradiciones culturales chinas le imponían dada su clase, que era contraer matrimonio con una mujer china.

La narradora no se priva entonces de la descripción de esa relación tan intensa, cargada de sutil erotismo donde cada uno de los enamorados creyendo o no creyendo estarlo se reúnen dominados igualmente por el deseo en un pequeño departamento de Cholen, separados del vértigo ciudadano por unas persianas de rendija y unas leves cortinitas de algodón: "Los demás ignoran nuestra existencia. Nosotros percibimos algo de las suyas…". Y juntos al fin, pero frente a la cuota de "infelicidad que como herida y desdicha necesaria los atravesará a ambos" – tal como sostiene Roland Barthes, ahora en su ensayo ante el College de France "Fragmentos de un discurso amoroso" -, no se privarán de experimentar con sus cuerpos y sus sentidos.

Marguerite incluso expresa su deseo sexual hacia una compañera y amiga del pensionado francés, Hélène Lagonelle, e imagina la plenitud del goce si pudieran lograr un encuentro amoroso en que ellas dos y el chino estuvieran juntos. "Mi deseo de Hélène Lagonelle me extenúa. Mi deseo me extenúa. Quiero llevarme a Hélène Lagonelle, allí donde cada tarde, con los ojos entrecerrados, me hago dar el placer que hace gritar…".

¿Cómo sigue la vida después de este amor prohibido? La novela lo dice, pero tampoco tanto, porque la centralidad la ocupa este amor. Y cerrando con el ya citado Barthes: "la sentimentalidad del amor debe ser asumida por el sujeto amoroso como una fuerte transgresión que lo deja solo y expuesto, pero es un camino que es imprescindible recorrer".


Duras plantea que el amor, incluso el prohibido, es un camino que es imprescindible recorrer.


Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


 

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