InicioSocialesFarmacias#AhoraArchivoHoróscoposBúsquedaRadiosHCDLAD.fmCampanaINFO
  Ir a la edicion del dia
DIARIO ZONAL DE LA MAÑANA
CAMPANA, BS. AS., ARGENTINA
jueves, 24/may/2018 - 07:04
Edición Digital
9 ºC
Despejado
Locales Política y EconomíaLocales Info GeneralLocales PolicialesLocales EspectáculosNacionales
Google+
La Auténtica Defensa. Edición del viernes, 09/feb/2018.
Cuento:
Estación Campana
Por Omar Morgante



Reducir tamaño del TextoAumentar tamaño del Texto

Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido.

Eclesiastés 9:5

Pasada la medianoche, el hombre llegó en el último tren. Escuchó como en un sueño la voz del guarda que anunciaba la próxima estación.

Bajó bostezando entre la niebla del invierno y el humo de la locomotora. Venía desde la capital. Se encaminó a las escaleras para cruzar el puente sobre los rieles. La salida daba a la plaza que era circunvalada por la calle Real.

Durante todo el viaje, no dejó de sentir la asfixiante sensación de ser vigilado. La angustia envenenada con terrores lo había hecho dejar el pueblo, no sin antes prometerle a su novia que volvería.

Después de años, todavía podía reconocer el frente de las edificaciones. Encendió un cigarro; tuvo un presentimiento en forma de escalofrío. Al darse vuelta repentinamente la luz de un reflejo escapó metiéndose en la boca de tormenta.

Caminaba por las calles sin pensar por dónde debía doblar. Le pareció que conocía todos los patios de todas las casas y que vislumbraba de antemano lo que ocurriría. Luego de cruzar varias esquinas, se encontró en la puerta de la casa de la familia Montero. Tomó la mano de bronce sulfatado y la golpeó con ansiedad. El sonido volvió como de adentro de un pozo de silencio. Insistió un par de veces. Ya estaba por irse cuando escuchó la voz de Amanda.

El cabello recogido en un rodete. El vestido oscuro sobre su talle alto y delgado. Aparentemente nada o todo había cambiado en ella. La mirada triste con un brillo de rencor le ensombrecía la cara. Abrió la valija de mano, sacó una caja de bombones con un moño rojo. Ella no la quiso aceptar. Domingo la dejó sobre la mesa, sabía que Amanda era porfiada en la ira: no habló en ningún momento, pareció no querer oír nada sobre sus explicaciones.

Al retirarse, la puerta entreabierta de la sala de estar le permitió ver una vela que titilaba sobre un antiguo secreter, alumbrando un portarretrato. Se reconoció en la foto con su primer traje. Vagamente recordó que al dorso había escrito una dedicatoria.

Necesitaba encontrar un lugar donde pasar la noche y tomó por Belgrano hacia la zona del bajo. Mientras andaba irrumpieron las voces de un grupo de personas que se aproximaban por detrás y pensó que pronto lo pasarían. Aminoró la marcha, pero nunca lo pasaron. Sólo persistió el ruido de sus pasos sobre el empedrado.

Cerca del puerto, se hospedó en la pensión El Delta. El espejo de la habitación estaba empañado. Sopló pasando la mano con un pañuelo sobre el vidrio y creyó entrever el rostro de un amigo que vivió por años al lado de su casa natal. Desconcertado volvió a pasar el pañuelo otra vez: ahora su propio rostro de niño asustado lo miraba desde el fondo de la habitación.

Se acostó sin sacarse la ropa. Recordó a la otra Amanda: una muchacha enamorada que corría de su mano por los andenes esperando los trenes al atardecer.

A las 3 de la madrugada una explosión lo sacó del sueño. Al mismo tiempo escuchó el sonido de vidrios rotos cayendo. Las paredes, agrietadas por la onda expansiva de varias explosiones sucesivas, se comenzaron a derrumbar. En la calle la gente huía desesperada. Las llamas con forma de hongo de más de cien metros de altura brotaban con cada detonación y el humo negro cubría el horizonte. Los tanques de combustibles de la West Indian Oil Company se incendiaban uno por uno. Corrió a buscar a Amanda en medio del infierno.

Se sentó en la cama sobresaltado. A pesar de tener esta pesadilla en forma recurrente, no se acostumbraba. El incendio de La Nativa, como la nombraba su abuela, había acontecido, según su memoria, el 28 de agosto de 1934. En ese entonces tenía 18 años. La gente del pueblo estuvo ocho días sin ver el sol en el cielo, cubierto por los densos nubarrones de humo. Se miró de nuevo en el espejo. Por un momento, no supo en qué lugar se encontraba.

Tenía que verla, decirle que nunca dejó de pensar en ella. Cierto era que había tardado demasiado en volver. La gente del pueblo, después de la tragedia, no era la misma. En aquel momento, abrumado por los acontecimientos, había decidido marcharse.

El sol alumbraba cuando regresó a la casa de los Montero. De día, las casas le parecieron diferentes. La sombra de la cruz de metal de la iglesia Santa Florentina parecía a punto de caer derribada. En la Plaza Italia una bandada de chimangos revoloteaba en círculos.

Golpeó, pero los golpes sonaban sin hacer ruido. Advirtió que la puerta estaba abierta. Llamó varias veces. Nadie respondía. Resolvió entrar, se agachó para no tocar con la cabeza las ramas de la enredadera. El patio estaba lleno de hojas resecas dando vueltas por el viento. Caminó hacia el comedor. Sobre la mesa, estaba la caja de bombones cubierta de polvo y abierta. Los bombones sobresalían llenos de cucarachas y hormigas. En el ventanal, una mujer asomada espiaba sin dejarse ver. Cuando él salió, desapareció de la vista.

Supo que tenía que escapar. Volver sobre sus pasos con el pánico de la primera vez. Todo el camino hasta la pensión se sintió controlado por una extraña fuerza ajena a su voluntad. Armó la valija lo más rápido que pudo. Mientras pagaba, le pareció que el dueño de la pensión evitaba mirarlo.

La estación quedaba cerca. Le costó caminar aparentando un aire de serenidad. En la boletería, el hombrecito no respondió a su saludo ni tampoco, sin darle explicaciones, le vendió el boleto. Domingo Pantaleón giró lentamente sobre sí mismo. Una multitud de vecinos lo rodeaba en silencio.

Amanda, en primera fila con los ojos secos. Pudo reconocer compañeros de la escuela que no veía desde el incendio. Sus padres no lo conocieron mientras miraban el vacío por sobre su cabeza.

El estruendo del tren rápido le atravesó el pensamiento. Abrió las manos. La valija tardó una eternidad en estrellarse contra el piso. Resignado, comprendió que nadie escapa dos veces de la misma muerte.



 

Cuento:
Estación Campana
Por Omar Morgante
Click en el botón para publicar una interacción con la noticia:






COMUNIDAD LAD:
#Ahora
@LADdigital
#CampaBA
#VillaDalmine
ECOSISTEMA LAD:
LAD.fm
CampanaINFO.com
Radios locales
Sociales de LAD
WEBS AMIGAS:
Fabiana Daversa
Clasificados Campana
Publicidad Local
Semanario del Pescador
CIUDAD CAMPANA:
Campana.gov.ar
@CampanaGov
Listas Twitter
Portal de Campana
 
Av. Ing. Rocca 161 (2804) Campana - Provincia de Buenos Aires
Tel./Fax: 03489-423631 - E-mail: info@laautenticadefensa.net