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La Auténtica Defensa. Edición del sábado, 04/oct/2014.

La Comedia de Campana:
45 años haciendo cultura una cuestión de energía
Por Guillermo Rodoni




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Entre los regalos que la Vida me dio gracias al Teatro estuvieron los viajes. Una gran parte del planeta, a la que ni en mis más fantasiosos sueños hubiera podido siquiera acercarme alguna vez, fue palpada por mis ojos y degustada y recorrida por mi alegría a lo largo de los años. Y, como es lógico, de cada lugar y de cada rincón he traído algún pedacito que sirvió, sobre todo, para abonar el terreno de mi desarrollo teatral y darle más cimiento a cada acción y cada letra pintada en el escenario. De cada lugar una anécdota... De cada rincón un montón de historias... De cada país algún que otro amigo o amiga, descubiert@s y conquistad@s, que hoy nutren la fina red de mis relaciones personales...

Con cada una de esas caras... con cada esquina... con cada anochecer como forastero... podría llenar muchas páginas. Tal vez la mayoría de ellas serían solo componentes de un diario íntimo, mío, personal... Pero espero que la historia que me decido a contar ahora pueda tener algún interés para quien esté leyendo esto en otro tiempo o en otro lugar.

En el invierno del año 2004 la organización teatral a la cual yo pertenecía realizó la reunión de su Comité Ejecutivo (el cual yo integraba), en la ciudad de La Habana. Por esa razón tuve que viajar a Cuba, país en el que no había estado hasta ese momento y al que desde muy adolescente había soñado con conocer alguna vez.

Mis circunstancias físicas no eran las más favorables. Recuerdo que cuando el avión salió de Ezeiza ya sentía yo un dolor de cabeza bastante agudo, producto de algún que otro contratiempo que había padecido por cuestiones de migraciones y por esa mala costumbre de emprender viajes aquí y allá sin contar con un solo peso en el bolsillo...

De todos modos el avión finalmente despegó, conmigo abordo, y en un vuelo sin sobresaltos llegó a La Habana.

Como una contradicción inexplicable, teniendo en cuenta el lugar a donde acababa de llegar, mi dolor de cabeza se había acentuado más todavía y ya era casi inaguantable! El avión no se acercó a la manga, de modo que tuvimos que descender y abordar uno de esos colectivos que los aeropuertos disponen para esos fines. Pero cuando me asomé a la portezuela del avión y choqué contra el calor del Caribe, sentía ganas de llorar. No sólo por el terrible dolor insoportable, sino por la bronca que me daba el no poder disfrutar de ese momento como el mismo lo hubiera merecido!...

Bajé del colectivo, crucé el pequeño aeropuerto de La Habana, retiré mi equipaje, y cuando completé los trámites en migraciones y en aduana, ya me estaba esperando mi amiga Zulema, representante cubana de aquella organización, para darme la bienvenida y conducirme hasta el hotel donde estaría hospedado durante mi estancia en Cuba.

Cuando estábamos en el auto que nos llevaba camino al hotel, mi amiga, que al verme había percibido mi estado, me dijo que tendría unas cuantas horas para reposar antes de la noche, pero que se veía en la obligación de pedirme una respuesta inmediata a una invitación que tenía que formularme: ese mismo día, a la tardecita, iba a realizarse un recital especial en la Plaza de la Revolución. El mismo iba a ser protagonizado por Silvio Rodríguez, quien estaría acompañado por las cinco orquestas sinfónicas y los ocho coros polifónicos más importantes de la República de Cuba! Las tarjetas estaban contadas y no podía esperar hasta la noche por mi respuesta.

Mis sienes latían de tal forma que me costaba mantener los ojos abiertos.

Pero no tenía alternativa! Imaginaba los rostros de mis amig@s y cómplices, desde Ana hasta Gabriela y desde Jorge hasta Darío, cuando, a la vuelta de mi viaje, yo les contara que había despreciado semejante oportunidad!

De modo que, con dolor y mucho e inexplicable malhumor, acepté la hermosa tarjeta y me fui a tratar de descansar durante las cuatro o cinco horas que tenía libres hasta el concierto.

Apenas pude dormir. Me levanté casi con el mismo dolor de cabeza con que me había acostado. Me di una ducha caliente, me vestí, y fui al encuentro de mis anfitriones para marchar hasta la Plaza que estaba a unas cuatro cuadras del hotel.

El recital era a cielo abierto. El Ministerio de Cultura de Cuba había dispuesto más de mil sillas frente al monumento a José Martí. Y era mucha la gente que, faltando aún más de dos horas para el comienzo, desfilaba hacia la plaza. Pese a no conocer las costumbres y usanzas del lugar, me llamó la atención que, al ingresar al predio, personal de seguridad nos solicitara que mostráramos el pasaporte y nos escaneara para verificar que no llevábamos armas...

Los organizadores nos habían reservado sillas en la quinta fila y allí fuimos.

No sé si será fácil o posible imaginar las sensaciones que me habitaban en ese momento...

Antes de sentarme (¡jamás podré olvidarlo!) al girar la cabeza para captar una vista panorámica del lugar, descubro a mis espaldas la célebre imagen mural del Che Guevara que me obligaba a tomar conciencia del lugar adonde estaba!

Como es obvio ya no me quedaba la menor secuela de mi dolor de cabeza...

Y por si acaso, frente a mí estaba José Martí para curarme del todo.

Nos sentamos. A mi izquierda mi gran amiga danesa Helle, que no habla español, y a mi derecha la Secretaria de Turismo del país anfitrión, con quien terminamos siendo amigos. Hasta hoy nos mantenemos comunicados. Recuerdo que a mi vuelta me acompañó al aeropuerto, y aún conservo la receta del "verdadero" mojito cubano, que me anotó en una servilleta del bar del aeropuerto.

El caso es que en eso estábamos, yo oficiando de improvisado traductor entre la Secretaria y mis amigos europeos, el predio repleto de gente de pie, agolpada en todos los rincones, cuando sentimos que una especie de profundo y grave soplido sonoro surge desde el fondo de la plaza a medida que la gente se va poniendo de pie desde las últimas filas hacia adelante...

Acababa de llegar el Presidente!

Lentamente, saludando a todos, afable y cordial, el Comandante Fidel Castro avanzó hasta la primera fila, y se sentó, justo delante de donde yo estaba, a cuatro filas de distancia!

Fue el jueves 22 de julio de 2004. Más de 200 músicos y 150 cantores, todos bajo la batuta de Leo Brouwer, arrancaron con unos brillantes fragmentos de Carmina Burana. El actor Héctor Quintero dijo el Padrenuestro Latinoamericano, de Mario Benedetti, con la música de Alberto Favero.

Y Silvio Rodríguez y su majestuoso cancionero!

Durante las dos horas y pico que duró aquella fiesta, mis ojos iban de Silvio Rodríguez a Fidel, luego al Che, después a Martí...

Que yo tuviera lágrimas permanentes en la cara y que por momentos me costara respirar no era extraño... Pero que Helle, la danesa que no comprende una sola palabra de nuestro idioma me apretara la mano para decirme, en inglés, "¡Qué enorme energía hay aquí, Guillermo!", mientras se secaba sus ojos... sí que me resultó revelador...

Jamás olvidaré aquella noche. Sin duda alguna una de las instancias más emocionantes que me ha tocado vivir.

Una nueva oportunidad para aprender y comprobar que el Arte va más allá de todas las fronteras, manejando un lenguaje que, cuando la energía es la debida, no requiere de diccionarios ni de subtítulos para llegar a destino.

He traído conmigo, gracias a las atenciones de la Radio Televisión de Cuba, la grabación íntegra en vídeo de aquella fiesta que se transmitió en vivo para todo el país. La he ofrecido a más de una institución, por supuesto sin costo alguno, para que pudiera ser disfrutada por nuestro público. Pero nunca tuve respuesta. Otra cuestión de energía.

Se me ocurre que, como un festejo más de nuestros 45 años, vamos a subirla a nuestro servidor para que pueda ser disfrutada directamente desde cualquier PC del planeta.


Aunque parezca mentira, la única foto que tengo donde me veo yo en la Plaza de la Revolución. Evidentemente, no abundaba el dinero!.

 

La Comedia de Campana:
45 años haciendo cultura una cuestión de energía
Por Guillermo Rodoni
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