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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 19/nov/2014 de La Auténtica Defensa.

Fragmento Nº 11:
La vida que respiro
por Guillermo Rodoni




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Una de las primeras dificultades que tuve que enfrentar cuando empecé a tratar de aprender los oficios del actor fue la respiración de base.

Todos los maestros que consultaba para intentar saber cómo hacían esos actores cuyas voces me cautivaban tanto, coincidían en que el primer paso era la respiración de base.

Y para colmo quien por primera vez me lo había recomendado y quien me había enseñado el mecanismo técnico para lograrlo había sido uno de esos personajes que ya entonces eran legendarios... ¡Y justamente por el estudio de las técnicas vocales! Me estoy refiriendo al profesor Juan de José Pérez Ruiz.

En aquella época contar con semejante maestro era todo un lujo!

Ni más ni menos que quien había enseñado las técnicas para el manejo de la voz ¡a Cacho Fontana!...

¿¡Qué duda podía caberme, a mis dieciséis años, de que tenía que seguir al pie de la letra sus consejos!?

En realidad, respirar de base era para mí muy fácil. Lo difícil era mantener esa forma de respiración a lo largo del tiempo. Yo comenzaba bien; pero ante la menor distracción ya estaba yo otra vez respirando como siempre, olvidándome que tenía que inflar la panza...

El maestro me había indicado varios ejercicios para acostumbrarme a disparar ese automatismo; uno de ellos consistía en comenzar conscientemente a respirar de base cada vez que estuviera en la fila de un teléfono público esperando mi turno para hacer la llamada.

Por aquel entonces no existía la telefonía celular. Como diariamente viajaba en tren desde Campana hasta Buenos Aires, era una acción cotidiana recorrer de aquí para allá el hall de la estación Retiro para usar los teléfonos públicos a fin de practicar el ejercicio...

A veces uno parece signado a tener que andar por la vida nadando contra la corriente... Creo que eso ha sido en mí una constante...

Sin embargo esta vez no era así. ¡Pero lo parecía!

No lo hacía por voluntad propia, sino para cumplir con el mandato de mi maestro: cuando todo el mundo buscaba el teléfono libre o el que tenía menos gente esperando, allí estaba yo buscando las colas más largas para poder aprovechar más la oportunidad y darme a mí mismo más tiempo para ejercitar mi respiración. Claro que, de todos modos, al poco rato de haber comenzado, nunca faltaba algún conocido que pasaba y me saludaba o alguna minifalda ante la cual era imposible resistirse, y al diablo con el mecanismo y otra vez respirando como siempre...

¡Y así hasta el hartazgo!...

Allí justamente es donde aparece la cara positiva; la causa principal a la que puedo atribuir los logros cada vez que he obtenido alguno: el seguir y seguir hasta el hartazgo; la perseverancia en un camino elegido; el no dejar de insistir una y otra vez hasta conseguir el objetivo... Ésta ha sido en mi caso una especie de receta magistral.

¿Qué son los ensayos si no la repetida insistencia en la búsqueda de un nivel que se acerque a lo soñado?

Tal vez el tema de la respiración sirva como un ejemplo ilustrativo y simbólico.

Con el paso del tiempo fui inventando otras circunstancias equivalentes a la del teléfono público, hasta que un día, supongo que al cabo de varios años, nunca supe cuándo, caí en la cuenta de que la respiración de base había pasado a ser mi forma natural y permanente de alimentar mi cuerpo de oxígeno.

¡Lo había logrado!

Lo lamentable fue no haberme dado cuenta de eso en el momento en que ocurrió y haberme perdido la oportunidad de disfrutar del placer por el éxito alcanzado...

¿Realmente hubo un momento en que ocurrió?

Siempre que hablo de este tema, y cada vez que cuento esta anécdota, no puedo dejar de asociarlo con una vivencia que supongo que debe haberme ayudado mucho, conscientemente o no, a avanzar en mi búsqueda:

Cuando en 1974 fundamos la Comedia Municipal de Campana, decidimos invitar a una personalidad a quien todos quienes estábamos embarcados en el proyecto unánimemente admirábamos y queríamos: la Señora Milagros de la Vega.

Seguramente las generaciones actuales ignoran que ése es el nombre de una de las glorias más grandes que tuvo nuestro teatro argentino.

Milagros había sido elegida por nosotros para que fuera nuestra Madrina; la Madrina de La Comedia de Campana, cosa que ella aceptó con mucha alegría y que quedó formalizada aquella noche en que le entregamos el certificado con nuestro logo y con membrete oficial.

Ese día ella llegó a nuestro teatro a la hora justa en que estaba programada la función. Presenció y aplaudió el estreno de Israfel, la obra de Abelardo Castillo con la que habíamos decidido dar por fundada nuestra institución, y finalmente, luego del saludo del elenco, con la ayuda del bastón en el que se apoyaba para poder caminar, subió al escenario y, con suma lentitud, comenzó diciendo: "Entrar a un teatro... es como entrar a un templo..."

Quizá por estar yo demasiado emocionado por las circunstancias nunca pude recordar cómo continuó aquel pequeño y glorioso discurso.

Sin embargo nunca olvidé aquellas palabras...

Así como tampoco olvidé el brillo, la nitidez, la potencia de aquella voz que, sin necesidad de ningún micrófono, llegaba hasta el último de los espectadores con la diafanidad con que salía de aquellos labios... Apenas un murmullo... pero un murmullo que nadie dejó de oír, ni siquiera quienes en el fondo, desde fuera de la sala, apenas podían asomar la cabeza entre toda la gente que colmaba el teatro.

En ese momento, exactamente, supe a qué se aludía cuando se hablaba de una voz bien impostada...

Si cuento aquí todo esto es porque tal vez su lectura pueda servirle de algo a alguien... como un dato... no sé... pero al mismo tiempo porque considero que nunca será demasiado el homenaje que podamos brindar a una actriz tan íntegra como lo fue Milagros de la Vega, nuestra Madrina.

Hace muchos años ya que ha muerto.

Pero vivos y muertos son para mí lo mismo. La única diferencia entre unos y otros es que los primeros aún pueden componer algún personaje, y aún pueden ser voz para mis oídos y oídos para mi voz...

Mientras que los que ya no están con nosotros, para mí serán siempre los personajes que fueron a lo largo de sus años y todas las huellas que dejaron en mi cuerpo y en mi memoria.

Pero siento que todos y todas están conmigo...

Hago esta aclaración porque tal vez pueda resultar extraño que al nombrar a alguien que hace tiempo ha muerto, lo haga obviando esa realidad y dando por hecho que su vida continúa.

Milagros de la Vega había sido la Maestra de Educación de la Voz de mi gran amigo Raúl Bullosa. Cómplice mío, que fue el Tío Nilson en nuestra versión de Israfel, que hizo vibrar a las plateas con el personaje del Padre en El Jardín del Infierno, que provocó torrentes de carcajadas en la piel de Don Robustiano, en El Gran Deschave...

¡Seguimos juntos, Raúl!

En cada noche de sábado libre. Sentados a la mesa de tu casa en el barrio de Atucha, oyendo un disco de Los Olimareños, escuchándote soñar con llevar a la escena La Revolución de las Macetas, dejándome nutrir una y otra vez por tu entusiasmo y por tu inquebrantable pasión por el teatro...

¡Gracias!


Claudia Bermejo, Stella Galazzi, Mario Silva, Maryta Matas, Pedro Villalba, Marita Pereyra y Fabiana Di Lillo en "La importancia de llamarse Ernesto", de Oscar Wilde


Ana Barrionuevo en su inolvidable versión de la obra "Viejos Hospitales", de Alejandro Finzi

 

Fragmento Nº 11:
La vida que respiro
por Guillermo Rodoni
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