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viernes, 24/sep/2021 - 00:36
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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 28/dic/2014 de La Auténtica Defensa.

Gracias Igualmente para Ustedes…
Por Oscar Etchart

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Cosas vividas, otras escuchadas, algunas copiadas y relato a lo Galiardi..

En estos días del año, todos los años, aparece el síndrome de las fiestas. Es un síndrome que nos agarra necesariamente a todos, aunque, si se piensa un poco, innecesariamente.

De él participan las Familias: La de Ella y la de El. Hay protagonistas y efectos ya clásicos: Suegras y Suegros, Cuñadas y Cuñados, y Nueras y Yernos antiguos o nuevos, que influyen en disparar este fenómeno.

Los Niños.. Estos juegan un papel trascendente, ya que su propensión al lloriqueo, al caprichismo y a la eventualidad de que la chispita de una estrellita inocua se le meta en un ojo mantienen a los comensales en un estado irritativo que, reprimido por diplomacia hacia los Padres, luego causa estragos intestinales.

Pero uno de los efectos más riesgosos que produce es el síndrome del stress. Este síndrome se contagia en directo, por osmosis o a la segunda potencia, y para evitarlo hay sólo dos maneras: no querer a nadie y que nadie lo quiera a uno. Pero esto es imposible, porque por más villano que uno sea, siempre habrá un imbécil que aunque sea por compromiso lo invite a pasar juntos el Año nuevo.

El contexto que rodea las vísperas de las fiestas es de alta intensidad de preparativos.

El consumo. El nivel adquisitivo, aunque diferente entre unos y otros, según las góndolas sean de primera o de tercera marca, no cambia la compulsión a comprar.

El debate interno entre los que van a reunirse adquiere una tensión de beligerancia: Si ir a lo de éste, aquél o a lo de los otros y viajar a la loma del kinoto y que al volver te agarre un control de alcoholemia, también estará en el tapete. Hay quienes prefieren hacer la fiesta en casa y resignarse a que los invitados ni siquiera traigan un postrecito de morondanga o que alguien se aparezca con una batería de cohetes que aterrorizaran tanto al Caniche como al Doberman; o que a la Nuera o la Cuñada que está a dieta hay que prepararle comida especial aunque no moverá el traste de la silla ni para levantar un solo plato; o que algún otro Pariente o Amigo se lance a pontificar sobre la ética aunque no le paga la cuota alimentaria a sus Hijos desde hace un año, o que algùn despistado se ponga a hacer chistes sobre adúlteros o infieles furtivos sin saber que hay en la mesa un cornudo o cornuda sentado precisamente frente a El.

La comida, párrafo aparte. En la antigua cultura China, el Comensal que se ponía a discutir en la mesa era tan despreciado como un Amante que mientras hace el amor bosteza. Porque ¡Cómo osar anteponer la vana palabra a la comida china! En cambio acá, comemos como chanchos y en cuanto a hablar, ¡Ni hablemos! Por eso en las fiestas no sólo hay que cuidarse de la ingesta de ensalada rusa, vittel thoné, lechón, pan dulce y golosinas desusadas.

Hay que cuidarse también de hablar. Más aun en las mesas de fin de año, donde el rejunte de Parientes y Primos y el televisor apagado o ignorado acrecienta el peligro de que un jetón nos arruine la noche, porque nunca falta el cabrón que cuando todos están con un bocado en la boca él aprovecha el silencio para preguntar al boleo "¿Qué les parece, cómo va el país?" y se arma el despelote. Una pregunta tan vasta y basta puede terminar con toda la familia peleada y sin hablarse hasta la próxima Navidad. Por eso, deberían ser premisas insoslayables no hacer el elogio de las cacerolas de teflón ni tampoco criticar los corte de ruta a pata, con tractores o en 4x4. Y ¡ojo! llegar a una fiesta luciendo vestuario estilo campo con botas o cinto carpincho, es poner en guardia a algún admirador oficalista

En todo caso, ya que nadie tiene garantías de que alentados por la sidra y el clericó algún distraído meta la pata y nos amargue la noche, lo mejor es limitarse a contar sólo anécdotas de familia, chistes viejos de Tíos viejos, las monerías de los Nenes, o lo bien que se porta el Gato o el Perro haciendo caca en el patio y no en el living o la cocina.

Claro que el problema de recordar anécdotas familiares es que en algún momento aparecen los que ya no estàn, y entonces todo el mundo se entristece y no faltará quien hasta se ponga a llorar. Pero esto se arregla fácil: Tiramos un montón de cohetes, descorchamos un par de sidras y todos contentos… menos los Bomberos, los Dermatólogos y los Oculistas, que son llamados en medio de la madrugada para atender urgencias de toda índole, y los Perros, que despavoridos huyen a ninguna parte sin imaginarse por qué razòn sus dueños producen tanto estruendo.

Pero en fin, igualmente, es mi deseo unas ¡Felices Fiestas para todos! aunque a la mayoría no los conozco, sé que son miles de Amigos, que no sè si serán muchos pero si muy buenos, y también a mis enemigos, que seguro los tengo y no en vano …

FELICIDADES Y OJALA SE LES CUMPLAN ALGUNOS DE LOS DESEOS PEDIDOS DESDE HACE 10 O 15 AÑOS, CON ESO ME DOY POR SATISFECHO.

Oscar Etchart


 



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