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El Rincón de Aléthea:
Vestigios de un destierro
Por Angela Monsalvo




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"El caso de los indios Quilmes constituye un paradigmático ejemplo de la variedad y alcance de algunos mecanismos instrumentados por los conquistadores para garantizar el dominio y explotación del territorio americano." --Horacio Difrieri. (Historiador)

Antes de que llegasen los conquistadores españoles, el actual territorio de Tucumán estaba habitado por distintos pueblos indígenas, entre ellos se destacaban los diaguitas-calchaquíes, influenciados fuertemente por la cultura Inca. Hacia el Este de la provincia vivían los Lules y Vilelas. En el Oeste se encontraban los Quilmes, que en su lengua, el cacán, Kilme significa "entre cerros".

Dominaban un amplio espacio geográfico (400 km); disponían de una gama de estrategias tecnológicas que les permitían explotar variados y abundantes recursos naturales. Esta cultura, tributaria de las grandes civilizaciones andinas, se caracterizó entre los arqueólogos y antropólogos por sus pautas sociales, artísticas y religiosas con un estilo inconfundible.

Los Quilmes fueron un pueblo de la etnia Calchaquí, descendientes de los Aymarás. Cuesta imaginar que en el año 800 d.C estuvieron allí y que fueron uno de los asentamientos prehispánicos más importantes de los pueblos Calchaquíes. En el siglo XVII, llegó a tener 3.000 habitantes en el área urbana y 10.000 en los alrededores.

En la noche, iluminados por las grandes fogatas y bajo el profundo cielo estrellado, mujeres, hombres y niños debieron elevarse en una experiencia colectiva en conexión con el cosmos visto e intuido. Muy poco se sabe de la religiosidad de los Quilmes, pero puede interpretarse que era una forma de panteísmo (sistema de creencia de quiénes sostienen que la totalidad del Universo es el único dios), en el que la vida y la muerte, en su profunda relación de necesidad, tendrían un sentido muy distinto de la idea occidental de los opuestos.

Una mañana, tras la noche insomne de hogueras y danzas, con espanto injustificado, como si no hubieran profanado la vida setenta veces siete, los invasores vieron como hombres, mujeres y niños se arrojaban desde los despeñaderos de su sierra madre, Las familias sobrevivientes fueron desintegradas y repartidas para el servicio personal de los españoles en carácter de pago por diversos servicios prestados a la corona. En 1666, unas 300 familias fueron enviadas, en penosa travesía a pie en las que muchos murieron, a Buenos Aires y otros a Córdoba y Santa Fe.

Nunca aceptaron ser vasallos de nadie y se revelaban frente a la explotación de los españoles que luego de vencidos en el año 1665, por Alonso Mercado y Villacorta, fueran obligados a caminar desde Tucumán hasta la localidad que hoy lleva su nombre en la provincia de Buenos Aires.

Para ellos, esta deportación significó un daño irreparable, pues se produjo la desconexión de los circuitos activos de todo el sistema, porque en Buenos Aires su tecnología múltiple era inoperante y no contaban con la proyección de sus dioses de la tierra a los cuáles habían abandonado en los valles perdidos.

La ineptitud tecnológica supuso entonces su desaparición como grupo social, en virtud de que el conquistador había cortado con su espada los ligamentos circuitales del sistema tan laboriosamente construido en tiempos prehispánicos.

El genocidio llevado a cabo contra este pueblo se debió al traslado de un escenario geográfico completamente diferente al que estaban acostumbrados. Durante el viaje hubo indios que se fugaron y otros que maltratados murieron en el camino.

Una vez radicados fueron sometidos a trabajos estatales, como mitayos coloniales. Igualmente siguieron con sus costumbres y tradiciones étnicas, como cambiar de vivienda cuando se moría un pariente. Aunque la Iglesia les prohibía ciertas costumbres. Su adaptación al nuevo medio ambiente fue mayor de lo que se creía. Hablaban su lengua Kakana, y entendían el Quechua pero no lo hablaban. Por parte de la Iglesia se les obligaba a hablar el español. Vivían en un rancho de paja, criaban pocas ovejas y muchos caballos, sembraban trigo como lo solían hacer en sus valles, hacían trabajos ganaderos y mercado entre deudores y acreedores. Todos estos datos dan a saber que se acriollaron al modo de vida pampeano.

La sangre derramada en defensa de su tierra madre y su cultura escribió para el olvido de los argentinos una de las páginas más infames de la conquista española y a la vez el más trágico y sublime capítulo de la resistencia americana a la prepotencia imperial.

Lamentablemente, viviendo en tierra extraña, perseguidos por "vagos y malentretenidos", las mujeres en servidumbre o prostituidas, los restos del legendario pueblo de los Quilmes fue desapareciendo, diluido en silencio en la mezcla de razas, olvidado por la historia oficial de los criollos. Desaparecidos, en la acepción de la palabra argentina.

La nación Quilmes fue el primer movimiento antiimperialista registrado en el territorio argentino, mucho antes de que Argentina fuera el país del olvido, donde muchos genocidas tienen calles y monumentos que llevan sus nombres.


 

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Vestigios de un destierro
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